Corre o muere, sería el título del libro que yo escribiría. Estaría basado en mi historia en Londres y todo lo sucedido allí. Una historia que estaría plagada de anécdotas divertidas y otras no tan divertidas. Plagada de risas y más risas y de lugares emblemáticos fotografiados como cuales chinos fuéramos. Plagado de muecas de asco al ver la comida, mirándote a la cara ahí, sentada en la mesa y esperando a ser comida y a ser digerida por ti. En fin, plagada de buenos momentos e irrepetibles. Momentos que repetiría una y otra vez si fuese posible. Gracias a todos los que habéis estado ahí para hacer una de las semanas más inolvidables de mi vida.
Día uno: ¿Qué nos espera?
Bien sabía yo que hoy era el día de salida. Sólo tenía una maleta preparada, y la otra, la de mano, estaba ahí, en un cajón bien guardada sin hacer ruido, no vaya a ser que me cojan. Al final, aún a tiempo, pude terminar de preparar todo lo que tenía que preparar. Como siempre me pasa, no estaba seguro si lo cogía todo y tenía ese run-run en la cabeza que me decía que algo me dejaba y que me iba a joder cuando llegara a Londres. Por suerte, había cogido todo. O al menos eso creía yo, claro.
Al lado de mi madre, la buena mujer que quiso acompañarme hasta el punto de partida donde nos esperaba un autocar, llegué a tal sitio lleno de amigos y compañeros con sus respectivos padres y de profesores esperándonos con una sonrisa en la cara y haciendo besos a todos. Nunca les había visto tan contentos. No sé si es porque nos íbamos o porque nos veían ilusionados. En estas ocasiones es mejor pensar la segunda opción, claro.
El autocar nos llevó en el aeropuerto. Nosotros íbamos a volar con EasyJet, y no nos trajo muchos problemas. La cola no se hizo muy larga, todo fue tal y como tenía que ir y nadie se quejó de nada. Después de un buen rato, al fin embarcamos y nos pusimos rumbo a tierras inglesas. El vuelo no se hizo muy pesado, más bien corto, todo en su sitio, como ya he dicho.
Ya estábamos pisando tierra firme, inglesa. Me puse a mirar a mi alrededor, pues me hacía mucha gracia estar donde estaba, ya que nunca había pisado lo que estaba pisando. Todo era bastante curioso y divertido. Se notaba que todo eso me iba a gustar, era un pálpito. Fuimos a buscar nuestras maletas y después a buscar un autocar que nos llevase hasta el hotel donde nos alojaríamos. Pero nadie de nosotros sabía que el aeropuerto estaba a unas 50 millas de nuestra zona de influencia. Bastante trozo que cortar.

Llegamos ya al hotel, y ya parecíamos chinos con ganas de fotografiar hasta la mierda de perro que había en cualquier árbol. Aunque eso no podría ser, ya que está confirmado que en Londres no hay ni un solo perro y ni una sola mierda de perro. Tenemos la teoría que la comida que hacen ahí, es mierda de perro. Frita y con curri. Entramos en el hotel y esperamos que dijeran nuestros nombres para darnos las llaves y subir a nuestras respectivas habitaciones. Lo curioso es que la llave era una tarjeta y ese hotel no era precisamente uno de mala muerte. Sino que era bastante lujoso y acogedor.
Entramos a nuestra habitación y ALUCINAMOS. Era grande, bonita, increíble. Con una televisión de plasma con más de 90 canales, con unas cortinas, unas sabanas, una moqueta, un lavabo... Y lo mejor de todo: Había wifi. Era muy bonito y yo ya tenía otro pálpito. Allí iba a dormir e iba a pasármelo muy bien. Aunque era fácil adivinarlo.


Después bajamos y nos dijeron que no estaba esperando de nuevo el autocar para llevarnos al colegio, colegio que nos guiaría en todo momento y nos daría de comer. Si eso se le puede decir comer. Sólo llegar, una profesora (o directora, diría yo), nos dijo dónde estaba cada cosa y qué íbamos a hacer. Bajamos hacia una sala donde habían ordenadores, máquinas de café y al lado el comedor, y nos esperamos un rato. Ya nos llamaban para ir a cenar. Y eran sólo las 6 de la tarde y mi estómago que me decía que sus cojones iban a cenar ahora.
Lo único que tenía buena pinta, pero no tan buen saborLa comida no era especialmente deliciosa. De hecho, en todos estos días nunca la ha sido. Por mi gusto, ha sido casi vomitiba, pero he tragado como un campeón (o no). Al terminar de comer, fuimos a dar una vueltecilla. Más que vueltecilla, fuimos del colegio al hotel, que habían unos 15 minutos de camino. Seguimos haciendo fotos de todo lo que veíamos, y nos alojamos de nuevo en el hotel.


PD: La segunda parte o el segundo día, lo tendréis mañana. Lo hago más bien para ir siguiendo la cosa y no perderse, y para que no se haga tan tedioso.