La tormenta empezaba a abundar. Poco a poco hacía más aire y eso provocaba un efecto óptico de más lluvia. Yo estaba en mi casa, y no había tomado atención. No me apetecía mirar por la ventana, no me apetecía ver el día que hacía, y eso que en unos minutos me tocaba educación física. Aunque estaba mentalizado que algo de mal tiempo hacía, no pensaba que tal cosa sería así. Y es que tenía delante de mis narices, un diluvio de tres pares de cojones. Y lo peor de todo, es que no exagero y no soy el único que vive en Barcelona.
Como tonto, me vestí y bajé. Y como más tonto aún, tenía el equipo de educación física en la cartera. Yo pensaba que íbamos a hacer en el gimnasio (que al final no se pudo porqué estaba inundado), pero cuando salí, la cosa no pintaba tan bien. Las calles estaban inundadas, no se veía nada, ni se podía caminar. Pero allí estaba mi padre y su coche. Con dos cojones subí, y me fui al colegio. Al llegar y al entrar, yo pensaba que mis compañeros estarían en el vestuario (añado que ya llegaba tarde), así que crucé todo el patio con agua por los tobillos y al llegar al vestuario, no había nadie. ¡Tócatelos!
Pensé por un momento. Decidí subir arriba, en nuestra clase. Y allí estaban todos. Buena deducción. Con una mala leche intenté secarme como pude y después de un buen rato, la profesora nos dio las gracias por haber ido (éramos pocos), y tuvo la genial idea de llevarnos al aula de ordenadores y no hacer nada. Así fue, no hicimos nada y nos tocamos nuestras ilustres pelotas.

(Vía Jonathan)

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