El pobre muchacho ya no sabía qué excusa poner. Más que no saber, era que no lo hacía bien, que le descubrían en seguida. No sabía poner ninguna excusa decente. Y es que siempre estaba igual. Intentando dar excusas, sí señor. Siempre estaba entre la espada y la pared, era un chico débil. Pero aunque fuese débil, sin saber decir que no, ponía una excusa por delante. Una excusa mala, muy mala. No le creían y cada vez tenía menos amigos. Olé y olé.
Un día paseando por los alrededores de su casa, pensó en ir a visitar a su tío, un buen hombre que siempre sabía dar consejos. Joyero, con un rostro serio y una parsimonia increíble. El muchacho, ya yendo hacia la casa de su tío, pensaba que no le iba a servir para nada explicarle su problema. Lo típico, que no diera excusas y que si algo no le gusta, dijera que no y ya está. Pero eso lo estaba pensando justo cuando subía las escaleras del piso de su tío.
Su tío le abrió con una sonrisa en la cara, pues su sobrino no le solía visitar muy a menudo. Casi nunca, vaya. Le hace pasar y le dice que se siente en una butaca de color azul oscuro. El piso no huele a nada, extraño. Mientras el muchacho se va sentando, sigue pensando si le va a servir de algo… Pero al final se atreve a decirlo. El joyero también se sienta, y escucha con atención:
El joyero pone cara de indiferencia. La suya, vaya. Está parado, hasta que empieza a mover los labios:
El muchacho se quedó plantado, al igual que una bella escultura hecha de hielo. No sabía si eso le había servido de mucho, pero asintió con la cabeza, le dio las gracias a su tío y se fue. Al final, el muchacho no tuvo más remedio que pensarse las excusas antes de salir a la calle, y se pasó así el resto de su vida. Pero cada noche, al abrir su libreta que tenía encima del escritorio, una frase aparecía en ella:
Cuando tengas que dar una excusa,
que sea con elegancia.
Un día paseando por los alrededores de su casa, pensó en ir a visitar a su tío, un buen hombre que siempre sabía dar consejos. Joyero, con un rostro serio y una parsimonia increíble. El muchacho, ya yendo hacia la casa de su tío, pensaba que no le iba a servir para nada explicarle su problema. Lo típico, que no diera excusas y que si algo no le gusta, dijera que no y ya está. Pero eso lo estaba pensando justo cuando subía las escaleras del piso de su tío.
Su tío le abrió con una sonrisa en la cara, pues su sobrino no le solía visitar muy a menudo. Casi nunca, vaya. Le hace pasar y le dice que se siente en una butaca de color azul oscuro. El piso no huele a nada, extraño. Mientras el muchacho se va sentando, sigue pensando si le va a servir de algo… Pero al final se atreve a decirlo. El joyero también se sienta, y escucha con atención:
-A ver… Tengo un problema, y quizá no es muy grave, pero me gustaría comentártelo. Es sencillo. No sé decir que no, y como no sé decir que no, siempre me invento una excusa. Pero es que soy un negado en ello y nunca digo una buena, siempre me delatan… Y por eso estoy aquí, quiero pedirte consejo.
El joyero pone cara de indiferencia. La suya, vaya. Está parado, hasta que empieza a mover los labios:
-Ay, sobrino mío. Supongo que pensarás lo que te voy a decir, pero estás equivocado. Escucha atentamente: -Un conocido lord inglés reunía a sus amistades a tomar el té a la hora señalada todos los martes de cada semana en su palacio de Bloodshire. Cierto martes, el puntualísimo caballero no apareció y los invitados estaban intrigados. En cierto momento aparece el mayordomo y les dice a los presentes, con típico acento británico: -Señores, Milord les pide disculpas por la demora y les anuncia que después de mucho tiempo, se ha reencontrado con su vieja y querida amiga Lulú, de París. Dice que si puede, dentro de dos horas estará con ustedes, y si no puede, dentro de diez minutos. Muchas gracias.
El muchacho se quedó plantado, al igual que una bella escultura hecha de hielo. No sabía si eso le había servido de mucho, pero asintió con la cabeza, le dio las gracias a su tío y se fue. Al final, el muchacho no tuvo más remedio que pensarse las excusas antes de salir a la calle, y se pasó así el resto de su vida. Pero cada noche, al abrir su libreta que tenía encima del escritorio, una frase aparecía en ella:
Cuando tengas que dar una excusa,
que sea con elegancia.

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