Con un sobresalto empezó la noche y con la cotidianeidad de otra solvente actuación azulgrana terminó la liguilla. Con un susto monumental producto de un error de Valdés al minuto 2 y un gol de Xavi a la media hora que rubricó la clasificación del campeón se resumió la noche de Kiev. El defensor del título no podía marcharse avergonzado por la puerta de servicio y entró en los octavos, con otra victoria, como primero. Objetivo cumplido.
El héroe de tantas noches se convirtió en el villano por unos minutos y habría sido designado el gran culpable en caso de una catástrofe si el Barça hubiera encajado un segundo tanto. A Valdés le liberó Xavi de la eterna condena al cabo de media hora, cuando el Barça andaba quitándose el susto de muerte que se llevó con el gol de Milevskiy. Valdés era el que más y mejor había calentado antes del partido. No tenía la excusa del frío; tal vez habría podido esgrimirla Piqué, que cometió una falta absurda. Con la camiseta amarilla sucia se retiró a los vestuarios Valdés antes de reaparecer de negro y de negro pintó la noche al no saber atajar el disparo del punta ucraniano, aunque el balón rodaba envenenado.
Menudo panorama de buenas a primeras. Un tembleque de frío y de miedo atenazó a los azulgranas. Al momento cometieron otro error entre Piqué y Puyol antes de que Messi se sumara a la inicial cadena fallos en una escapada que desperdició. El mal rato duró poco. Pronto se comprobó que había sido un accidente y que Messi iba a reaccionar.
El Dinamo era inofensivo y lo demostró entonces. Un gran equipo, un equipo convencido de sus posibilidades, un equipo que cree en los milagros, se habría echado encima del adversario para aniquilarlo. Aunque se tratara del mismísimo Barça. Pero no lo hizo. Reculó, como le debía haber ordenado su entrenador en la pizarra, y dio aire a los azulgranas, que usaron el balón para tranquilizarse. Es lo único que necesitan para sentirse vivos y con la pelota recuperaron la estabilidad, primero, y la alegría, después.
Al rescate de Valdés emergió la pequeña figura de Xavi, que anoche celebraba su partido número cien de Copa de Europa. Se obsequió y obsequió al Barça con un gol inolvidable, por la efeméride, y crucial para la continuidad del campeón en la competición. Su colada como segunda línea resultó definitiva. Por de pronto, obligaba al Dinamo a meter tres goles para eliminar a los azulgranas. Una quimera. Si no había mostrado fe cuando tenía ventaja, ¿cómo iba a tener una mínima esperanza poco después?
Escaso de convicción y de fútbol, el Dinamo se limitó a contemplar el juego del Barça con pasividad. A mirar cómo combinaban Xavi e Iniesta, Messi y Alves, Busquets y Keita. La posesión del balón visitante rayó el 78%: un descaro. Lo único que debía hacer el once de Guardiola, además de dormir el partido, era evitar alguna falta innecesaria en los aledaños del área para no llevarse otro susto. No habría estado de más que buscara otro gol para certificar su superioridad. El de Xavi fue el primero del Barça fuera de casa en la liguilla.
El cerebro azulgrana realizó otra actuación propia de la gran estrella mundial que es, condición reconocida por las distinciones que recopila en los últimos meses. Antes y después de marcar exhibió sus dotes de liderazgo y su inteligencia para dominar el partido, para que sus compañeros y los rivales se movieran al compás de su batuta. A su lado, Messi, el número uno, jugueteó feliz con su marcador en la banda, sembrando el caos en el Dinamo. Los desquició tanto que le cosieron a patadas. Se vengó con el golazo del triunfo. Entre ellos, entre todos, devolvieron la lógica y la normalidad al fútbol.
El héroe de tantas noches se convirtió en el villano por unos minutos y habría sido designado el gran culpable en caso de una catástrofe si el Barça hubiera encajado un segundo tanto. A Valdés le liberó Xavi de la eterna condena al cabo de media hora, cuando el Barça andaba quitándose el susto de muerte que se llevó con el gol de Milevskiy. Valdés era el que más y mejor había calentado antes del partido. No tenía la excusa del frío; tal vez habría podido esgrimirla Piqué, que cometió una falta absurda. Con la camiseta amarilla sucia se retiró a los vestuarios Valdés antes de reaparecer de negro y de negro pintó la noche al no saber atajar el disparo del punta ucraniano, aunque el balón rodaba envenenado.
Menudo panorama de buenas a primeras. Un tembleque de frío y de miedo atenazó a los azulgranas. Al momento cometieron otro error entre Piqué y Puyol antes de que Messi se sumara a la inicial cadena fallos en una escapada que desperdició. El mal rato duró poco. Pronto se comprobó que había sido un accidente y que Messi iba a reaccionar.
El Dinamo era inofensivo y lo demostró entonces. Un gran equipo, un equipo convencido de sus posibilidades, un equipo que cree en los milagros, se habría echado encima del adversario para aniquilarlo. Aunque se tratara del mismísimo Barça. Pero no lo hizo. Reculó, como le debía haber ordenado su entrenador en la pizarra, y dio aire a los azulgranas, que usaron el balón para tranquilizarse. Es lo único que necesitan para sentirse vivos y con la pelota recuperaron la estabilidad, primero, y la alegría, después.
Al rescate de Valdés emergió la pequeña figura de Xavi, que anoche celebraba su partido número cien de Copa de Europa. Se obsequió y obsequió al Barça con un gol inolvidable, por la efeméride, y crucial para la continuidad del campeón en la competición. Su colada como segunda línea resultó definitiva. Por de pronto, obligaba al Dinamo a meter tres goles para eliminar a los azulgranas. Una quimera. Si no había mostrado fe cuando tenía ventaja, ¿cómo iba a tener una mínima esperanza poco después?
Escaso de convicción y de fútbol, el Dinamo se limitó a contemplar el juego del Barça con pasividad. A mirar cómo combinaban Xavi e Iniesta, Messi y Alves, Busquets y Keita. La posesión del balón visitante rayó el 78%: un descaro. Lo único que debía hacer el once de Guardiola, además de dormir el partido, era evitar alguna falta innecesaria en los aledaños del área para no llevarse otro susto. No habría estado de más que buscara otro gol para certificar su superioridad. El de Xavi fue el primero del Barça fuera de casa en la liguilla.
El cerebro azulgrana realizó otra actuación propia de la gran estrella mundial que es, condición reconocida por las distinciones que recopila en los últimos meses. Antes y después de marcar exhibió sus dotes de liderazgo y su inteligencia para dominar el partido, para que sus compañeros y los rivales se movieran al compás de su batuta. A su lado, Messi, el número uno, jugueteó feliz con su marcador en la banda, sembrando el caos en el Dinamo. Los desquició tanto que le cosieron a patadas. Se vengó con el golazo del triunfo. Entre ellos, entre todos, devolvieron la lógica y la normalidad al fútbol.

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